martes, febrero 24, 2026
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Hospital Central: ¿fallas aisladas o crisis estructural?

Por Isaac Ramos López

El fallecimiento reciente de una paciente de la tercera edad en el Hospital Regional de Alta Especialidad Dr. Ignacio Morones Prieto —conocido históricamente como Hospital Central— no puede analizarse como un hecho aislado ni limitarse a una narración emotiva. El caso obliga a formular preguntas de fondo: ¿qué está ocurriendo en el principal hospital público de referencia en San Luis Potosí? ¿Se trata de errores individuales o de una crisis estructural?

La paciente, originaria de Chihuahua y residente temporal en la capital potosina, fue atendida primero en un hospital privado hasta que los recursos familiares se agotaron. Posteriormente ingresó al hospital público. De acuerdo con el testimonio de su hija —recogido por diversos medios digitales— existieron desacuerdos médicos respecto a la continuidad de un tratamiento cardíaco previamente indicado, mismo que generó se desencadenaran otros temas médicos que según la familia no fueron atendidos. También se señalaron presuntas carencias de insumos y tensiones con el personal.

Más allá del caso específico, el patrón comienza a repetirse.

En los últimos años se han documentado múltiples quejas relacionadas con:
• Desabasto de medicamentos.
• Falta de material especializado.
• Insuficiencia de personal médico.
• Saturación hospitalaria.

Hace apenas unos meses, la muerte de una menor de cuatro años —ante la falta de un catéter para hemodiálisis— volvió a colocar al hospital en el centro del debate público. Las historias cambian de nombre, pero no de fondo.

Actualmente, el nosocomio opera bajo el esquema del IMSS-Bienestar, modelo que asumió la federalización de los servicios estatales de salud con la promesa de homologar estándares, centralizar compras y mejorar el abasto. Antes, el hospital dependía administrativamente del Gobierno del Estado. Sin embargo, el deterioro no comenzó con la transición; venía acumulándose desde años atrás.

Un análisis objetivo obliga a reconocer varios factores concurrentes:

  1. Transiciones administrativas complejas.
    Los cambios de modelo generan periodos de ajuste en cadenas de suministro, nóminas, procesos de adquisición y coordinación institucional.
  2. Infraestructura rebasada.
    El Hospital Central es unidad de referencia regional. Recibe pacientes no solo de la capital, sino de otros municipios e incluso de estados vecinos. La demanda supera sistemáticamente la capacidad instalada.
  3. Déficit estructural de recursos humanos.
    La escasez de especialistas y la sobrecarga laboral inciden directamente en tiempos de atención y calidad del servicio.
  4. Planeación presupuestal insuficiente.
    El financiamiento histórico del sector salud en México ha sido limitado en comparación con estándares internacionales, lo que repercute en mantenimiento, equipamiento y reposición de insumos.

Nada de lo anterior exonera responsabilidades. Pero sí ayuda a comprender que el problema no se reduce a una confrontación entre familiares y médicos, ni a una decisión clínica puntual. Se trata de un sistema tensionado que opera al límite.

El punto crítico es este: cuando un hospital trabaja permanentemente en condiciones de saturación y escasez, el margen de error se amplifica. Y en medicina, el error puede costar vidas.

La pregunta entonces no es únicamente si hubo negligencia en este caso concreto —eso corresponde determinarlo a las instancias competentes—, sino si el modelo actual garantiza condiciones mínimas para brindar atención digna y segura.

El derecho a la salud, consagrado constitucionalmente, implica accesibilidad, calidad y oportunidad. No basta con la cobertura formal si el servicio real es intermitente o insuficiente.

Si el IMSS-Bienestar aspira a consolidarse como eje del sistema público, necesita demostrar en los hechos:
• Abasto regular y transparente de medicamentos.
• Inversión sostenida en infraestructura.
• Contratación efectiva de personal.
• Mecanismos claros de rendición de cuentas.

De lo contrario, cada nuevo fallecimiento será percibido no como una tragedia individual, sino como síntoma de un sistema fallido.

San Luis Potosí necesita menos discursos triunfalistas y más diagnósticos técnicos. Menos propaganda y más auditorías operativas. La salud pública no puede depender de narrativas políticas; requiere planeación estratégica, financiamiento suficiente y gestión profesional.

Porque cuando el sistema falla, no falla en abstracto: falla sobre personas concretas.

Y ningún gobierno puede considerarse exitoso mientras sus hospitales trabajen al borde del colapso.

Que haya salud para todos, mis estimados amigos.

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