lunes, marzo 30, 2026
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Domingo de Ramos: la irrupción de un liderazgo incómodo

Por Isaac Ramos López

Hoy inicia la Semana Santa. Pero más allá de su dimensión religiosa, vale la pena observarla desde otra perspectiva: como un momento simbólico que revela una forma distinta de entender el poder, el liderazgo y la relación con los demás.

Vivimos tiempos complejos. La violencia se normaliza, la desigualdad se profundiza y la política —en demasiados casos— se ha convertido en un ejercicio de simulación, donde el discurso rara vez coincide con la realidad. En ese contexto, mirar hacia ciertos episodios históricos puede ayudarnos a replantear el presente.

El llamado Domingo de Ramos conmemora la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén. Si se le observa fuera del dogma, lo que encontramos no es solo una escena religiosa, sino un acto profundamente político.

Un hombre entra a la ciudad no con ejército, no con símbolos de dominación, sino montado en un burro. Frente a un sistema de poder imperial que imponía su autoridad mediante la fuerza, la ostentación y el miedo, ese gesto representa una ruptura. Es una forma de decir: el poder no necesariamente se ejerce desde la violencia.

El contexto no es menor. Jerusalén era una sociedad sometida, cansada de abusos, de desigualdad y de la imposición de un poder ajeno. La expectativa colectiva era clara: la llegada de un líder que liberara al pueblo, un guerrero capaz de confrontar al imperio en sus propios términos.

Pero lo que llegó fue otra cosa.

Jesús no encarnó la figura del caudillo armado ni del político tradicional. Su propuesta fue más incómoda: una transformación desde abajo, desde la conciencia, desde la ética. Su discurso no apelaba a la confrontación directa, sino a la responsabilidad individual y colectiva: no mentir, no traicionar, no abusar del otro.

En términos contemporáneos, su planteamiento desarma la lógica dominante del poder.

Porque mientras el sistema premia la acumulación, él hablaba de desprendimiento. Mientras la política suele construirse sobre la manipulación, él insistía en la verdad. Mientras muchos liderazgos se sostienen en la polarización, su mensaje giraba en torno a la reconciliación.

Eso lo volvió peligroso.

No por lo que decía únicamente, sino por lo que evidenciaba: que otra forma de liderar es posible, pero implica renunciar a privilegios, a la imposición y al control.

Ese es el fondo del símbolo del burro: no es debilidad, es una declaración. Es la negación de un modelo de poder basado en la fuerza. Es la afirmación de un liderazgo que se construye desde la cercanía y la coherencia.

Hoy, en la política mexicana —y en buena parte del mundo— predominan liderazgos que buscan parecer fuertes antes que ser justos; que privilegian la narrativa sobre los resultados; que hablan de pueblo, pero viven alejados de él.

Por eso resulta pertinente volver a esa escena.

No para idealizarla, sino para contrastarla.

¿Qué tipo de liderazgos estamos construyendo?
¿A quién estamos reconociendo como referente?
¿Al que impone o al que sirve?

La figura histórica de Jesús, vista desde una dimensión humana y ética, plantea una pregunta incómoda: si el poder no se usa para mejorar la vida de los demás, ¿para qué sirve?

Quizá ahí radica su vigencia.

No en la liturgia, sino en el desafío que representa.

Excelente inicio de semana.

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