Por Isaac Ramos López
A principios de 2021, San Luis Potosí vivía un proceso electoral particularmente intenso. La contienda por la gubernatura no solo enfrentaba a tres perfiles visibles —Octavio Pedro Gaitán, respaldado por una coalición de partidos tradicionales; Ricardo Gallardo Cardona, abanderado por el Partido Verde y el PT; y Mónica Liliana Rangel, postulada por dedazo en Morena—, sino también a proyectos políticos y sociales profundamente distintos. Fue una elección marcada por la polarización, el desgaste de las fuerzas tradicionales y la conformación de alianzas perversas que reconfiguraron el mapa político del estado.
En ese contexto, el electorado tomó una decisión que prometía un cambio de rumbo. Sin embargo, más allá del resultado, lo que realmente generaba incertidumbre era la forma en que se ejercería el poder a partir de ese momento.
Hoy, a casi seis años de distancia, el balance resulta inevitable.
San Luis Potosí enfrenta un evidente debilitamiento institucional. La administración pública muestra fragilidades al estar literalmente secuestrada por neófitos y corruptos, particularmente en las áreas de procuración de justicia y en diversas dependencias estatales. A ello se suma un estilo de gobierno que ha sido señalado por su carácter populachero y por privilegiar el espectáculo de feria sobre la solución de fondo a diversos temas de interés ciudadano.
Los problemas estructurales persisten. La inseguridad en diversas regiones del estado que se incrementa contrario a la narrativa oficial, las deficiencias en el acceso constante al agua potable —especialmente en la zona metropolitana y en municipios del interior—, así como las carencias en educación y salud, continúan como asignaturas pendientes. Basta recordar una de las promesas más reiteradas en campaña por parte del hoy gobernador: la construcción de cinco hospitales, uno por región. A la fecha, esa promesa no se ha cumplido y como dijo don Teofilito.
Es cierto que el gobierno ha impulsado obra pública y proyectos de movilidad, como el transporte gratuito, acciones que algunos sectores reconocen. Sin embargo, también han surgido cuestionamientos sobre la calidad de dichas obras, la transparencia en la asignación de recursos y el manejo de contratos. A ello se suma un evidente componente político-electoral: la constante presencia de la imagen institucional, los colores partidistas y las iniciales “RG” del grupo gobernante en todos los programas públicos refuerzan esa percepción.
Mientras tanto, la realidad cotidiana de las y los potosinos se complica. El poder adquisitivo se deteriora, las condiciones sociales se tensan y crece la distancia entre las necesidades ciudadanas y la respuesta gubernamental.
A esto se añade un estilo personal de ejercer el poder que ha sido ampliamente cuestionado. En distintos eventos públicos, la figura del gobernador se diluye entre el espectáculo y la barbajanería, lo que contrasta con la seriedad que exige la conducción de un estado.
El desgaste es evidente. A pocos meses de concluir la administración, no son pocos los ciudadanos que hoy reconsideran el sentido de su voto. Más allá de especular sobre escenarios alternativos, lo cierto es que el presente ofrece suficientes elementos para una valoración crítica.
Este sexenio, sin duda, quedará registrado como uno de los más grises en la historia reciente de San Luis Potosí: un gobierno percibido como opaco, con decisiones cuestionables en el uso de recursos y distante de las problemáticas sociales y aunque aún le falta un pequeño tramo, todo parece indicar que no terminará bien.
En el horizonte ya se perfila el proceso electoral de 2027. La ciudadanía tendrá en sus manos una decisión clave: definir no solo la continuidad o el cambio, sino el tipo de gobierno que desea para el estado. En ese contexto, comienzan a surgir nuevas figuras políticas ajenas al grupo en el poder, lo que añade tensión y competencia al escenario.
A esto se suma un dato relevante: diversas encuestas nacionales recientes colocan a Morena al frente de las preferencias electorales en San Luis Potosí, lo que abre la posibilidad de un relevo político en la gubernatura en caso de que realmente haya interés por parte de la dirigencia de ese partido en competir y de que el partido actualmente en el poder sea desplazado. Si bien aún falta tiempo y los escenarios pueden modificarse, la tendencia comienza a marcar una ruta.
San Luis Potosí enfrenta una coyuntura decisiva. La historia de este sexenio aún se está escribiendo, pero su desenlace dependerá, en buena medida, de la memoria y la decisión de sus ciudadanos. Lo cierto es que el cierre de esta administración llega en un ambiente de desgaste, incertidumbre y cuestionamientos sobre su legado verdoso.
El pilón: Alguien en el palacio grande de plaza de armas tiene miedo y ha comenzado a actuar como desesperado ante los movimientos de un huasteco que quiere ser gobernador, ya se vio el pasado sábado en Ciudad Valles en donde armaron retenes cual organizaciones criminales para detener ciudadanos y evitar que llegaran al evento convocado por una fundación.
Ahí estaba la policía de ese municipio, como si no tuviera otras obligaciones por cumplir para brindar seguridad pública.
Excelente inicio de semana mis amigos.




