La UNAM vive una de sus mayores crisis recientes. Antes, apenas el2% o 3% de los aspirantes alcanzaba 100 o más aciertos de 120 posibles; en el primer examen aplicado en línea, ese número subió al 16%. La universidad ya anuló cerca de 3 mil exámenes, presentó denuncia ante la Fiscalía y decidió que 58 mil aspirantes repitan la prueba de forma presencial. El propio rector reconoció que la institución “reconoce sus errores y actúa para corregirlos.”
Confieso que este caso me da tristeza más que enojo. Me preocupa ver a mi propia generación normalizar el atajo: que en lugar de sostener el esfuerzo, la ética y el razonamiento propio, muchos prefieran el camino fácil que ofrece una herramienta. No es solo injusto para quien sí se preparó durante años —es un síntoma de algo más profundo que deberíamos poder nombrar sin miedo: estamos dejando que la comodidad sustituya al pensamiento crítico, justo
cuando más lo vamos a necesitar .
Y aun así, la respuesta no puede ser satanizar la herramienta. La inteligencia artificial ya convive con nosotros todos los días, en la escuela, el trabajo, la vida cotidiana, y bien usada puede mejorar la vida de cualquiera. El problema no es la IA: es confundir dónde potencia nuestro trabajo y dónde debería protegerse, sin excepción, el pensamiento propio.
¿Y quién traza esa línea?
Esa pregunta —quién decide los límites, y cómo— es la que San Luis Potosí resolvió mal y esta semana empezó a corregir. La “Ley Serrano” se tramitó en diez o doce días, y terminó usándose para detener periodistas. El Congreso del Estado acaba de derogarla por unanimidad, con 22 votos. La corrección llegó, pero deja una lección: una ley legislada con prisa casi nunca sobrevive sin abrir espacio para que alguien la use en su beneficio. Lo que sigue ahora, en los foros anunciados antes de la próxima sesión, es la parte que realmente importa.
Vale la pena mirar cómo se hace en otros lados: la Unión Europea lleva desde 2024 construyendo su ley de IA con plazos hasta 2027, regulando por nivel de riesgo, no por prohibir la herramienta. Es lento a propósito, porque una ley así no se construye en dos semanas.
Si de los próximos foros sale la idea de un padrón de comunicadores, hay un principio que no debe pasarse por alto: el Estado no puede decidir quién es periodista y quién no. Así lo ha establecido la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Cualquier mecanismo debe construirse con criterios objetivos, junto con el propio gremio.
Con los jóvenes en el centro
La Ley Serrano ya se cayó. Lo que viene en los foros es la prueba real de si San Luis Potosí aprendió la lección. Y ojalá, junto con esa regulación, también aprendamos como generación a no cambiar el esfuerzo por el atajo: la IA puede ser una gran aliada, pero solo si no dejamos que sustituya lo único que nadie más puede pensar por
nosotros.
Ese es, para mí, el verdadero examen: no el que se hace con IA, sino el que enfrenta cualquiera cuando le toca decidir por los demás.




