Por Lic. Isaac Ramos López
El escenario político en San Luis Potosí rumbo a las elecciones de 2027 —que renovarán gubernatura, alcaldías y el Congreso local— enfrenta una profunda paradoja. Mientras a nivel nacional la Cuarta Transformación presume fuerza, en el terreno potosino la cúpula partidista navega en la ambigüedad, incapaz de afianzar un perfil idóneo y mandando señales equívocas a su base.
El síntoma más grave de esta crisis es el desempeño de los legisladores de Morena, quienes han optado por el sometimiento sistemático ante el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, renunciando a ser un contrapeso. Los constantes encuentros y acuerdos soterrados entre la dirigencia local y el Ejecutivo estatal desdibujan las fronteras políticas y se traducen en una abierta simulación para el electorado.
La base histórica de Morena en el estado tiene muy claro que el gallardismo no representa los valores del movimiento, sino que ha sido un obstáculo para consolidar un régimen de auténtica justicia social. La ciudadanía y la militancia exigen una separación nítida. Si la dirigencia no sacude las amarras de la complicidad y la tibieza, el costo político será inevitable: rumbo al 2027, el dilema no admite medias tintas, o se rescata el movimiento o se termina como simple comparsa de un sistema que la historia juzgará.




